La cultura del capital riesgo destruye el mundo en lugar de salvarlo

Cuando le pedí a Zack Gray que volviera a contarme su historia, me sentí un poco mal. Aunque me dijo que estaba acostumbrado a contarla. Era sobre cómo fundó su start-up, Ophelia; ya había contado una parte en su discurso de graduación en la Escuela de negocios Wharton (EE. UU.), y ante posibles inversores.

Gray comenzó: «Había una chica en mi vida. Era mi novia. Nos conocimos cuando yo tenía 14 años». Salían juntos, rompían y se reconciliaban, y seguían siendo amigos. Ella pertenecía a la generación hundida por la adicción a los opioides a través de los analgésicos. Los consumió durante cinco años, mientras su adicción crecía, tuvo los medios para buscar tratamiento, pero no quería pasar por rehabilitación ni terapia.

La primavera pasada, recibió la llamada: había tenido una sobredosis. Cuando Gray llegó al hospital, ella ya se había muerto. El emprendedor recuerda: «Pensé: ‘¿Qué pude haber hecho para evitar esto?'».

Para responder a la pregunta, empezó a investigar. Como estaba terminando su MBA, la idea de crear algún tipo de negocio o servicio parecía obvia. ¿Qué pasaría si su amiga hubiera podido recibir medicamentos para tratar la dependencia química de su adicción, sin tener que pasar por la vergüenza y las molestias de una terapia en grupo? ¿Las compañías de seguros cubrirían esa idea? ¿Sería capaz de construir una gran empresa para ayudar a muchos como ella? Tenía que convencer a los inversores.

Mientras Gray intentaba explicar lo que hacía, empezaban a aparecer otro tipo de titulares: Una avalancha de pérdida de empleo amenaza con aplastar la economía de Estados UnidosLos médicos aseguran que la escasez de equipo de protección es graveCoronavirus afecta a las personas sin hogarNo parecía un buen momento para recaudar dinero.

Mi plan original era conocer a Gray en persona. Yo iba a volar a California (EE. UU.) en marzo para asistir al famoso Día de Demostración de la aceleradora de start-ups Y Combinator. El evento iba a contar con 1.000 inversores y se les iban a presentar casi 200 start-ups revisadas y preparadas de todo el mundo. Ophelia era una de esas start-ups.

Yo iba a asistir a este Demo Day porque el capital de riesgo llevaba años siendo el motor financiero de la innovación en Estados Unidos, y quería comprobar si seguía siendo cierto. Muchas estadísticas sugerían que sí: el número de empresas de capital de riesgo en EE. UU. subió de 946 en 2007 a 1.328 en 2019, y la cantidad de dinero que manejaban creció de 170.600 millones de dólares (151.040 millones de euros) en 2005 a 444.000 millones de dólares (393.094 millones de euros) en 2019.

El capital de riesgo lleva años siendo el motor de la innovación en Estados Unidos. Pero los inversores están encontrando menos ideas que se ajusten a su modelo preferido.

Sin embargo, no todos los números eran tan positivos. Este rincón de las finanzas, en gran parte compuesto por hombres blancos, ha respaldado a las empresas de software de rápido crecimiento y que generan enormes cantidades de dinero para un número cada vez menor de estadounidenses (compañías como Google, Facebook, Uber y Airbnb). Pero no crean muchos empleos para la gente común, especialmente en comparación con las empresas o sectores sobre los que impactan. Y todo se ha ralentizado. Últimamente, los inversores de capital de riesgo están encontrando cada vez menos ideas que se ajusten a su modelo preferido. A finales de 2019, la industria tenía 121.000 millones de dólares (107.127 millones de euros) en «polvo seco», dinero en busca de un emprendedor o de una idea en la que invertir. Yo quería saber qué estaba pasando con eso.

Cuando el coronavirus (COVID-19) se apoderó del mundo, mis planes para conocer a Gray y a sus compañeros cambiaron. De repente, las preguntas se volvieron más urgentes. ¿El capital de riesgo producía los tipos de inventos que la sociedad necesitaba? Está claro que, cuando debemos (o queremos) quedarnos en casa, Zoom nos ayuda a teletrabajar, Amazon nos trae comida a casa y Netflix nos ofrece entretenimiento. Pero, ¿qué pasa con los tratamientos, o con los mejores equipos de protección, y por qué el capital de riesgo, el motor financiero de la innovación, no ha financiado esas ideas?

En las décadas de 1950 y 1960, la tecnología nos llevó al espacio. En las décadas de 1980 y 1990, ayudó a difundir la democracia. Ahora nuestra misión nacional era… ¿adquirir la capacidad de no salir nunca de casa?



¿Qué quiere el capital de riesgo?

Cuando intento entender cosas de finanzas, llamo a un amigo que fue miembro de los consejos de administración de la empresa de gestión de inversiones Vanguard y Yale Endowment, y autor de una biblia para inversores titulada Winning the Loser’s Game, Charley Ellis. «Llamarlo capital de riesgo es una distracción terrible. Realmente se trata de recursos humanos, me dijo.

Lo que quiere decir es que los inversores de capital riesgo de éxito no son necesariamente los que encuentran y financian las ideas más innovadoras, sino aquellos que saben detectar a los emprendedores capaces de crear una empresa que al final será comprada o se hará pública. Un millón de euros que se podría invertir en una participación del 10 % de un negocio en su etapa inicial se convierte en mucho más si la compañía acaba teniendo un valor de 10.000 millones de euros.

Las empresas de capital de riesgo venden sus servicios a inversores como fondos especulativos o fondos de pensiones y a las personas ricas, que obtienen la mayor parte de los rendimientos. Es un proceso difícil y rápido: para conseguir uno o dos grandes ganadores dentro del marco de tiempo estándar de 10 años, un fondo de capital de riesgo invierte en docenas de start-ups. La mayoría de las empresas que no crecen lo suficientemente rápido no reciben más inversiones y desaparecen.

Los inversores de capital de riesgo se venden como los grandes líderes de Silicon Valley (EE. UU.). Son los descubridores del talento, los vaqueros, los arriesgados; apoyan a las personas dispuestas a contrarrestar el sistema y creen que merecen muy buenas recompensas ​​y que deberían pagar pocos impuestos por ese trabajo.

Sin embargo, esa imagen no coincide tanto con la situación real, porque fue «el sistema» el que puso todo en marcha. Cuando Sputnik inició la carrera espacial, el Gobierno federal de EE. UU. invirtió en las compañías de chips de silicio. La historiadora Margaret O’Mara lo documenta muy bien en su libro The Code: a principios de la década de 1960, el Gobierno de Estados Unidos invirtió más en I+D que el resto del mundo en su conjunto. Mientras esa gran cantidad de dinero fluía, los primeros inversores de capital riesgo encontraron muchos ganadores para financiar.

El vínculo con el Gobierno todavía está muy presente en las empresas tecnológicas actuales. El primer trabajo de Google surgió del proyecto de Bibliotecas Digitales de la era Clinton en Stanford (EE. UU.), y la CIA fue el primer cliente de Palantir en 2003, y el único hasta 2008.

O’Mara destaca que no hay nada de malo en que las empresas tecnológicas se construyan mediante inversiones públicas para investigación. De hecho, argumenta que la decisión más importante de esa época fue que el Gobierno invirtiera tanto dinero sin ejercer demasiado control. Pero, añade que ha crecido una mitología centrada en los héroes solitarios y en los infractores de las reglas en lugar de en las razones subyacentes del éxito de una empresa o tecnología. «¡Hurra por internet porque todavía sigue funcionando! Pero no lo ha logrado por sí solo«, exclama.

121.000 millones de dólares (107.127 millones de euros). La cantidad de dinero que se ha quedado sin invertir en los fondos de capital riesgo en 2019

En 2011, uno de los mayores inversores de capital de riesgo Marc Andreessen, el cofundador de Netscape que ahora dirige Andreessen Horowitz, una de las empresas de inversión más influyentes en Silicon Valley, escribió un famoso ensayo titulado Por qué el software está comiendo el mundo, en el que describe la destrucción de empleo de clase media en Estados Unidos y predice las ganancias del capital de riesgo de la siguiente década.

Tenía razón: las compañías de software atraen a inversores porque pueden generar enormes ganancias, a menudo sustituyendo a las personas en los sectores que esas empresas de software llegan a dominar, por ejemplo, los agentes de viajes, cuyo trabajo ahora se realiza en los sitios web de reserva de vuelos.

Los inversores de riesgo buscan empresas que puedan alcanzar el nivel de una oferta pública inicial (OPI), lo que significa que necesitan una idea capaz de llegar a un gran mercado. Estos factores se combinan para crear un conjunto muy específico de requisitos, que Y Combinator ha gestionado a la inversa con excelentes resultados.

«Los inversores son simples máquinas. Tienen motivaciones básicas y muy claro el tipo de empresas que quieren», me dijo el CEO de esta aceleradora, Michael Siebel.

Ya sea consciente o inconscientemente, algunos de los demás factores no son más que suposiciones sobre el tipo de persona que ayudaría a generar retornos descomunales. Los principales emprendedores «parecen ser nerds blancos, varones que abandonaron la Universidad de Harvard o Stanford y que no tienen absolutamente ninguna vida social. Así que, cuando veía ese modelo… era muy fácil decidir invertir», señaló en 2008 uno de los inversores más influyentes de Silicon Valley de Kleiner Perkins John Doerr.

65 %. Proporción de empresas de capital de riesgo sin mujeres como socias.

Aunque los inversores encuentran cada vez menos oportunidades, como lo demuestra la creciente reserva de «polvo seco», el capital de riesgo ha seguido inclinándose casi por completo hacia el mismo tipo de emprendedores masculino. Solo un poco más del 2 % del dinero de capital de riesgo en EE. UU. se destinó a las mujeres emprendedoras en 2017 y 2018.

Aun así, muchas personas en Silicon Valley piensan que el sistema funciona bien. Un inversor me dijo: «Si aparece un emprendedor maravilloso con una idea excelente, va a recibir financiación. El sistema nunca ha sido tan eficiente en entregar el capital a las personas adecuadas».

Cuando salí de mi oficina después de esa entrevista, vi que mi hija de 16 años había estado escuchando. «No parece darse cuenta de que es el Once-ler (El-Una-Vez)», me dijo, refiriéndose al personaje de El Lorax, del Dr. Seuss, que pensó que estaba creando una gran empresa cuando realmente estaba destruyendo el medio ambiente.

Seguir el juego

En su búsqueda del éxito garantizado, los inversores de riesgo confían cada vez más en aceleradoras como Y Combinator para encontrar, filtrar y formar a emprendedores capaces de satisfacer sus necesidades. Dos veces al año, miles de start-ups solicitan formar parte de su programa de formación que dura tres meses, en el que perfeccionan sus ideas y aprenden a dirigirse a los capitalistas de riesgo. Luego, en el cuidadosamente organizado Día de Demostración, se presentan a inversores de todo el mundo.

Y Combinator fue fundada en 2005 por una generación anterior de genios de Silicon Valley y ha ayudado a lanzar start-ups como Instacart, Dropbox, Airbnb y Stripe, entre otras. Además de lo que obtengan de otros inversores, la aceleradora da a cada compañía 150.000 dólares (132.660 euros) a cambio de una participación del 7 %.

Según Y Combinator, desde octubre de 2019, 102 de las empresas que acabaron su programa alcanzaron una valoración de más de 150 millones de dólares (132 millones de euros), sin incluir algunas que no querían que se divulgara su valorización. La aceleradora asegura que estas compañías, con un valor agregado de 155.000 millones de dólares (137.083 millones de euros), han creado 50.000 empleos en 15 años. Del nuevo grupo de start-ups, Ophelia fue la que me llamó la atención porque se dedicaba a telesalud, y Gray parecía inusualmente considerado.

El responsable me admitió que tenía dudas sobre el modelo de capital de riesgo, especialmente en este momento. Y dijo: «Pasé mucho tiempo contemplando y racionalizando la rectitud moral de lo que estoy haciendo».

Aun así, esperaba encontrar a un inversor que le ayudara a llegar a 500 pacientes en el primer año, y más tarde a muchos más. Ophelia presenta algunos de los criterios que los inversores suelen buscar: opera con un software (permitiendo a los pacientes realizar los controles médicos de seguimiento online) y, dado que entre dos y tres millones de personas en Estados Unidos son adictas a los opioides, su mercado potencial era bastante grande.

2 %. Cantidad de capital de riesgo de EE. UU. que se destinó a las mujeres emprendedoras en 2017-2018

Y Combinator aconsejó a Gray que no me dijera la cantidad de fondos que estaba buscando, porque eso podría crear mala imagen si no consigue ese objetivo. Pero su idea fue construida para atraer a inversores. Otras ideas que había tenido antes eran más disparatadas: hoteles para las personas sin hogar, por ejemplo.

«El desafío consiste en crear un negocio que funcione bien y que pueda recaudar dinero. Hay que descubrir cómo capitalizarlo. Lo fundamental es poder ayudar a las personas y que ellas puedan pagarlo», explica Gray. A pesar de su idealismo, tuvo que adaptarse al sistema de riesgo que se ha desarrollado para servir como punta de lanza del capitalismo que busca ganancias y el individualismo estadounidense.

Le pregunté a Ellis qué pensaba sobre por qué todos estos inversores y empresarios inteligentes no habían invertido su tiempo y dinero en sistemas sanitarios capaces de detectar enfermedades infecciosas, o en formas más rápidas de desarrollar medicamentos y vacunas, o en los sistemas de ayuda al paro que pudieran hacer frente a una repentina explosión de prestaciones. Al responderme, señaló que a las personas les costaba ver fuera de su universo. «La gente de un sector está muy centrada en crear dinero para su industria. Nadie quiere parar la rueda», subrayó.

«El desafío consiste en crear un negocio que funcione bien y que pueda recaudar dinero… Lo fundamental es poder ayudar a las personas y que ellas puedan pagarlo».

Gray está metido en el juego. Cuando era adolescente, perdió a su padre, que trabajaba en Wall Street, por un cáncer. Luego estudió filosofía y astronomía en la Universidad de Columbia (EE. UU.). Al darse cuenta de que los estudios universitarios iban demasiado lentos para él, se matriculó en Wharton, la Escuela de Negocios de la Universidad de Pensilvania (EE. UU.). Este pedigrí académico le dio acceso a un mundo al que la mayoría de los empresarios no puede ni soñar con alcanzar. El conocido profesor de Gestión de Empresas de la Universidad de Pensilvania Adam Grant, se convirtió en asesor de Ophelia y la presentó al abanderado de la lucha contra droga del Gobierno de Barack Obama, Tom McClellan.

Al escuchar a Gray, fue difícil no pensar en las ventajas que ofrecen la riqueza y las conexiones. Estos beneficios han sido cuantificados por los investigadores que estudiaron a un millón de titulares de patentes estadounidenses y analizaron los ingresos de sus padres. Descubrieron que los estudiantes de bajos ingresos que estaban dentro del 5 % de las mejores de notas en matemáticas no tenían más probabilidades de convertirse en inventores que los estudiantes de matemáticas por debajo de la media que provenían de familias más ricas. Además, si las mujeres, las minorías y los niños de familias de pocos recursos inventaran al mismo ritmo que los hombres blancos de familias con ingresos que alcanzaban el 20 % de los más ricos, la tasa de innovación en Estados Unidos se cuadruplicaría.

Las ventajas de la riqueza se complementan entre sí. La información es una de las importantes: Gray sabía desde el principio que quería entrar en Y Combinator, del que había oído hablar cuando era estudiante. Y estar dentro de la aceleradora, a su vez, «eliminó el riesgo y legitimó a Ophelia», afirma. Con ese importante sello de garantía, pudo encontrar a un cofundador y empresario más experimentado, Mattan Griffel, que se convirtió en su director de Operaciones.

Una evolución lenta

Aun así, aunque Ophelia se ajusta al perfil tradicional de una empresa en la que invertirían Y Combinator y los capitalistas de riesgo que luego financian sus start-ups, la industria ha cambiado, al menos un poco. Los últimos años han traído una nueva clase de «inversores de impacto», que rechazan el modelo de capital de riesgo obsesionado con las ganancias para centrarse en el bien social y en los altos rendimientos. Y después de una serie de demandas y acusaciones de acoso sexual y discriminación, algunas caras nuevas empiezan a recibir cada vez más atención.

La fundadora de Katalyst Ventures, Susan Choe, ha invertido en la empresa Zipline, cuyos drones entregan suministros médicos en los países pobres que no tienen la necesaria infraestructura. La empresa está valorada en más de 1.000 millones de dólares (883 millones de euros). También me señaló a la organización que promueve a las mujeres en el capital de riesgo All Raise. En 2019 batió un récord con 54 mujeres que se convirtieron en socias de capital de riesgo, aunque el 65 % de las empresas de capital de riesgo todavía no cuentan con mujeres como socias.

«El cambio está siendo impulsado por el miedo a quedarse atrás», opina Choe y destaca que los limitados socios (inversores) incluyen en sus fondos a ejecutivos de fuera de Estados Unidos. Los millennials también suelen sentirse atraídos por los equipos más diversos, subraya.

Ella forma parte de los que creen que las empresas de capital de riesgo ignoran los productos y servicios dirigidos a comunidades ignoradas o crean nuevos mercados. «Los inversores están dejando el dinero sobre la mesa, y se están perdiendo la innovación porque los que gestionan estos capitales de riesgo no son capaces de relacionarse con las preferencias de las personas que viven fuera de sus experiencias«, asegura la profesora del Centro para el Impacto Social e Innovación Beeck de Georgetown (EE. UU.) y antigua CEO de Calvert Impact Capital, Lisa Green Hall. La experta añade: «En la cultura de hombres blancos… las demás culturas son extremadamente limitadas. Para las mujeres y las personas de color, esas culturas están mucho más expandidas».

Me recordó Jasmine Edwards, una mujer negra de Florida (EE. UU.) que lanzó una start-up educativa para ayudar a las escuelas con alumnos de bajos ingresos a encontrar mejores profesores sustitutos. Con 200 maestros sustitutos en la plataforma y tres escuelas como clientes del servicio, la start-up se quedó sin tiempo y sin dinero, y cerró. ¿Qué pudo haber sido diferente si hubiera logrado recaudar los fondos que necesitaba para continuar?

Hay que construir

El 18 de abril, Marc Andreessen publicó otro ensayo, esta vez motivado por la pandemia y titulado Es hora de construir. Escribió lo siguiente:

«A cada paso, a todos los que nos rodean, deberíamos hacer la pregunta: ¿qué está construyendo? ¿Qué está construyendo directamente, o ayudando a que otras personas construyan, o enseñando a otras personas a construir, o cuidando a las personas que están construyendo? Si el trabajo de una persona no conduce a la construcción de algo o al cuidado directo de las personas, hemos fallado y necesitamos llevar a esa persona a un puesto, una ocupación, una carrera en la que pueda contribuir a la construcción».

Habló sobre rascacielos y fábricas y sobre que la gente debería hacer caso a Elon Musk. Invitó a todos a construir, aunque no aclaró lo que él mismo estaba construyendo, o en qué estaba invirtiendo. (Andreessen no quiso hacer comentarios para este artículo). Volví a mirar su portfolio, que incluye a docenas de líderes en software, como Facebook, Box, Zynga y Github, pero no a muchas empresas que construyen algo útil para combatir la pandemia.

Un día soleado, llevé a mis dos hijas al cementerio de Arlington (EE. UU.) para colocar unos girasoles en la tumba de mi madre. En la radio se escuchó la noticia de que el nuevo bebé de Musk se llamaría X Æ A-12. «¿Quién le haría eso a su hijo?» preguntó una, a lo que la otra respondió: «No te preocupes, X Æ A-12 Musk podrá pagar a otros niños para que no se metan con él por su nombre«.

Antes de la COVID-19, me habría reído de la chulería de Andreessen y de la teatralidad de Musk. Pero la pandemia hizo que la brecha entre el mundo en el que viven ellos y el mundo en el que vivimos los demás parezca aún más grande e importante.

«Estoy agradecida por todas las donaciones, porque vienen de personas que no tienen mucho que dar. Pero no llegan a 2,7 millones de dólares».

De hecho, cada vez está más claro que algunas cosas que muchos creían sobre en Estados Unidos no son ciertas. El país no estaba preparado para una pandemia. No ha progresado mucho para ofrecer justicia universal, como recordaron los disturbios provocados por la brutalidad policial a finales de mayo. Y resulta difícil afirmar que sigue siendo la economía más innovadora del mundo. El software y la tecnología son solo un rincón del campo de la innovación, y EE. UU. se ha centrado tanto en los niños ruidosos del parque que no ha logrado mantener al resto del equipo.

Las personas que realmente estudian los sistemas de innovación «se dan cuenta de que puede que el capital de riesgo no sea un modelo perfecto» para todos, opina la directora ejecutiva de la Fundación Lemelson, Carol Dahl, que apoya a inventores y a los emprendedores que construyen productos físicos.

En Estados Unidos, el 75 % del capital de riesgo se destina al software, afirma. Entre el 5 % y el 10 % se destina a biotecnología, gracias a un puñado de inversores de riesgo que ha dominado el arte de construir una empresa biotecnológica. La otra porción se dedica a todo lo demás: «transporte, saneamiento, atención médica». Para financiar un sistema completo de innovación, debemos pensar «no solo en la siguiente invención, sino en lo que la precedió», destaca Dahl. «No solo hay que inspirar a las personas que quieren inventar, también hay que pensar en cómo los productos llegan a nosotros a través de las empresas», añade.

Dahl me habló sobre una compañía que había desarrollado un equipo de protección reutilizable cuando surgió el ébola, y cuya producción estaba empezando a aumentar lentamente. ¿Qué hubiera pasado de haber sido respaldada antes por los fondos de riesgo?

Eso no va a suceder, me dijo el socio de la empresa líder en capital de riesgo Greylock Asheem Chandna, y añadió: «El dinero se va a destinar donde haya retornos. Si el software sigue dando retornos, ahí es donde se invertirá«. Incluso con los subsidios gubernamentales específicos que reducen los riesgos para los capitales de riesgo, la mayoría de las personas seguirán con lo que saben, asegura.

Entonces, ¿cómo se puede cambiar eso? El Gobierno podría volver a invertir a lo grande, restaurando esa gran cantidad de inversión que puso en marcha el mundo de Silicon Valley en primer lugar. El profesor del MIT Jonathan Gruber descubrió en su libro Jump-Starting America que, aunque el gasto total de EE. UU. en I+D se mantiene en el 2,5 % del PIB, la participación del sector privado ha aumentado al 70 %, frente a menos de la mitad a principios de la década de 1950 hasta la década de 1970. La financiación federal de I+D como parte del PIB ahora está por debajo de donde estaba en 1957, según el grupo de expertos de la Fundación de Tecnología de la Información e Innovación (ITIF). En la financiación gubernamental de la investigación universitaria como parte del PIB, EE. UU. está en el puesto 28 de los primeros 39 países, y 12 de esos países invierten más del doble de la proporción de EE. UU.

En otras palabras, el sector privado, con su enfoque en las ganancias rápidas y modelos conocidos, ahora domina la inversión en innovación estadounidense. Eso, según Dahl y otros expertos, significa que las mayores innovaciones no pueden encontrar sus largos caminos hacia una adopción generalizada.  El fundador de ITIF, Rob Atkinson, afirma: «Hemos sustituido la innovación disruptiva por la innovación incremental». Y gracias al excelente marketing de Silicon Valley, confundimos los incrementos con los avances.

En su libro, Gruber destaca a tres innovaciones que Estados Unidos ha descartado porque no tenía la infraestructura para llevarlas al mercado: la biología sintética, la energía de hidrógeno y la exploración oceánica. En la mayoría de los casos, fueron empresas de otros países las que lograron comercializar esas áreas porque la forma en la que Estados Unidos invirtió en esas ideas no funcionó.

La pérdida es incalculable. Puede que hubiera podido poner en funcionamiento industrias enteras como Silicon Valley, tal vez en áreas que nunca se recuperaron después de la recesión de 2008, o en las comunidades que están siendo más afectadas por el coronavirus.

Los economistas del Banco Mundial determinaron que, en 1900, Argentina, Chile, Dinamarca, Suecia y el sur de Estados Unidos tenían niveles de ingresos parecidos pero muy diferentes capacidades para innovar. Esta brecha ayudó a predecir los futuros ingresos: Estados Unidos y los países nórdicos aceleraron mientras que América Latina perdía terreno. Ha sido fácil desmentir a las personas que aseguraban que Estados Unidos se parecía más a un país en desarrollo que a uno desarrollado. Pero, si la capacidad de resolver los problemas de la sociedad a través de la innovación desaparece, ese podría ser el futuro.

Fin del juego

A pesar del caos provocado por la COVID-19, el Día de Demostración de Y Combinator fue un éxito. Participaron más de 1.600 inversores, frente a los 1.000 habituales. En vez de estar todos juntos en el muelle 48 en San Francisco (EE. UU.), los inversores iniciaron sesión en un sitio web donde vieron el resumen de cada compañía en una sola imagen, con una descripción de ocho a 10 frases y una biografía del equipo de tres a cinco líneas. Además de Ophelia, entre las compañías se encontraba Trustle, que ofrece a los padres acceso a un experto en crianza y desarrollo infantil por 50 dólares (44 euros), y Breezeful, que utiliza aprendizaje automático para encontrar las mejores hipotecas.

Normalmente, alrededor del 80 % de las empresas en Demo Day reciben fondos dentro de los seis meses posteriores al evento. La aceleradora dice que es demasiado pronto para proporcionar las estadísticas de este año. Pero Ophelia obtuvo un buen resultado, con 2,7 millones de dólares (2,38 millones de euros) de General Catalyst, Refactor Capital e Y Combinator.

Gray es consciente de que consiguió ese dinero en un momento en el que muchos se enfrentan a graves problemas financieros. Y reconoce: «Es muy extraño, pero me sentí y sigo sintiéndome muy satisfecho con lo que estamos construyendo. El objetivo principal de nuestro negocio es ayudar a las personas».

Pero en un juego dirigido por el capital de riesgo, las personas a las que se ayuda son las que pueden pagar, para que los inversores sigan ganando dinero. En la América actual, eso deja al margen a mucha gente.

Cuando acabé mi reportaje, un amigo me envió un artículo sobre una joven llamada Nikki King, que tiene más o menos la misma idea que Gray: ofrecer medicamentos para la adicción, pero que empezó centrándose en su comunidad. En su primer año, ayudó a 63 personas con el tratamiento, la mayoría de las cuales no había recaído.

No cuenta con ninguna tecnología; la banda ancha no es tan buena en su zona del país. Mantiene una lucha constante por conseguir financiación, en la que depende de subvenciones, donaciones y reembolsos del sistema público de salud. Le conté la historia de Gray y sus 2,7 millones de dólares (2,38 millones de euros).

La joven me dijo: «Quiere darme envidia, ¿no?». Con ese dinero, ella podría realizar cinco programas. King señaló: «En esta comunidad recaudamos entre 50.000 y 70.000 dólares (44.000 y 62.000 euros). Estoy agradecida por todas las donaciones, porque vienen de personas que no tienen mucho que dar. Pero no llegan a 2,7 millones de dólares».

Un artículo escrito por Elizabeth Macbride

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