Lupita Morales fue cajera y hoy es vicepresidenta

La vida, caprichosa e imprevisible como es, suele darnos mensajes que la mayoría de las veces no comprendemos. Nos lleva por caminos insospechados, nos pone frente a las más increíbles oportunidades, y a veces no las vemos. Solo el paso del tiempo, el maestro de la verdad, nos demuestra que esa puerta que tanta desconfianza nos generó era la del paraíso.

Por allá en 1971, cuando contaba apenas 16 años, María Guadalupe Morales ingresó a trabajar en Superama, como cajera. Era la temporada de vacaciones y ganarse unos pesos no estaba de más para ayudar a su familia. Su padre era un militar y constructor oriundo de Jalisco y su madre, nacida en Veracruz, se dedicó a la crianza de sus once hijos.

Era un trabajo de temporada, nada más un pasatiempo. Han pasado 47 años y Lupita, como siempre la llamaron sus compañeros, continúa vinculada a la compañía. Ahora, después de una meritoria trayectoria, es la vicepresidenta de operaciones de la marca que forma parte Walmart, la prestigiosa cadena estadounidense fundada en 1962 por Sam Walton.

Cuando terminó la temporada de vacaciones, tres meses después de haberse vinculado a la empresa, Lupita sabía que era hora de despedirse de sus compañeros: tenía que regresar a las aulas a iniciar la preparatoria. Sin embargo, le pidieron, prácticamente le exigieron, que no se fuera. Y, más bien, le abonaron el camino para que respondiera sí.

Se vinculó formalmente con Superama en jornadas diarias de 4 horas. Así, pudo continuar con sus estudios y, al tiempo, trabajar. Trabajar y ascender. “Lo que se inició como algo casual en una temporada de vacaciones se convirtió en mi vida”, relata Lupita. ¿Cómo lo logró? “Siempre he tenido muy buenos resultados porque soy una muy dedicada”, dice.

No fue fácil, en todo caso, el camino que tuvo que recorrer. Por su corta edad y porque rompía el esquema del trabajador común y corriente cuya aspiración principal no va más allá de recibir el salario al final del mes, se ganó animadversiones. Su empeño, su hambre de aprendizaje, su vocación de servicio y su temperamento le permitieron destacarse.

No solo era una buena trabajadora, una sobresaliente, sino que también tenía pasta de líder. Y no una convencional, eh. Siempre fue inteligente e inquieta, y no tragaba entero. De hecho, se diferenció de sus compañeros porque era capaz de cuestionar a sus jefes, preguntaba el porqué de las decisiones y, si no estaba de acuerdo, proponía alternativas.

No cabía duda de que ofrecía un perfil muy atractivo para la organización, que decidió apoyarla: desde aquella época, y hasta ahora, le brindó la capacitación y el respaldo necesarios para que se desarrollara. Eso también le sirvió para vencer la resistencia del ambiente, de sus compañeros (en especial, de los hombres) y hasta de los clientes.


Implementar el servicio a domicilio, para llevar hasta las casas de sus clientes
las mercancías que habían comprado, es la mayor impronta de María Guadalupe
Morales en Superama. Después, todas las empresas del país copiaron ese esquema.


Dejó de ser cajera y pasó a ser la encargada del manejo del dinero de una tienda. Luego fue jefe de cajas, subgerente, gerente y, ahora, vicepresidenta de operaciones. Esa rutilante carrera, sin embargo, le significó enfrentar varios dilemas en una sociedad que, aún hoy, no está diseñada para aceptar el éxito de una mujer en el mundo empresarial.

No fueron pocas las ocasiones en las que percibió el rechazo o, cuando menos, la inconformidad de sus compañeros cuando ella era la elegida. Otras veces, inclusive, fueron los propios clientes de la tienda los que la rechazaron. “Cuando había una queja, querían hablar con el gerente, pero cuando veían que era una mujer, se retractaban”.

Eso le enseñó que nada es fácil en la vida y que tenía que prepararse más. Primero, concluyó sus estudios de administración de empresas y luego aprendió inglés, consciente de que un segundo idioma le ayudaría a abrir otras puertas. Y así fue. Otro obstáculo que debió vencer, uno muy difícil, fue el de la resistencia de la sociedad.

En la recta final del siglo pasado no estaba bien visto que una mujer dejara el hogar para trabajar. Menos, una mujer que estaba felizmente casada y que tenía dos hijos. Llena de miedo, decidió trabajar los fines de semana y dejó sus hijos al cargo de la familia. Les demostró a todos que nada es imposible cuando hay sacrificio, entrega y mucha pasión.

Pero, claro, no fue fácil. Debió sortear diversas dificultades, como cuando fue nombrada gerente de una tienda, en un momento en que ya había nacido su primogénito, y ella misma se convenció de que sus críticos tenían razón: ese era su techo. Sin embargo, el apoyo que recibió de su familia, de su esposo, y de la empresa, la hicieron recapacitar.


Cuando Lupita asumió la vicepresidencia, la compañía pasaba horas amargas.
Optimizar recursos y adecuar la oferta a los hábitos y posibilidades del cliente
fue una de las primeras medidas que adoptó. Las ventas superaron las metas.


“Cuando llegaba a una reunión, muchas veces era la única mujer, y la más joven del grupo. Por supuesto que fue difícil, por supuesto que no me aceptaron fácilmente”, dijo en una entrevista. Por supuesto, Lupita se salió con la suya. Los excelentes resultados de su gestión y el irrestricto respaldo de los empleados a su cargo la blindaron.

Antes, tuvo que vencer los obstáculos que ella misma había sembrado en el camino. “Un día, por casualidad, llegó a mis manos un artículo que hablaba del techo de cristal. Decía que es una limitante que uno mismo se impone”, relata. Se cuestionó y se dio cuenta de que era ella misma la que había levantado las barreras que habían frenado su impulso.

Para salir de esa zona de confort en la que había entrado, se decidió a impulsar cambios en la organización. Cambios destinados no solo a mejorar la operación de la empresa, sino especialmente a promover el desarrollo de los empleados. Y de los clientes: uno fue impulsar el servicio a domicilio a través de un centro de llamadas, fortaleza de la compañía.

Hoy, cuando mira el espejo retrovisor de su vida, se ve cuántos sacrificios realizó, pero no se arrepiente. “Fueron muchos los momentos importantes de la familia, de mis hijos, en los que no puede estar presentes. Sin embargo, siempre fui honesta con ellos y entendieron mis razones”, afirma. Hoy, la vida le enseñó que había tomado la decisión correcta.

“Cuando crecieron, mis hijos se dieron cuenta de que, si no hubiera tenido el trabajo que tengo, ellos no podrían haber estudiado en los colegios que lo hicieron, no habrían tenido el bienestar de que gozan”, dice. Que sus hijos sean autosuficientes y personas de bien, afirma Lupita, es la recompensa de la vida a tantos sacrificios y privaciones.

Un día, por casualidad, por caprichos de la vida, se abrió una puerta que, en principio, no debía llevarla a ningún lado. Sin embargo, gracias a su entusiasmo, a su disciplina, a su pasión, a su hoy todavía insaciable hambre de aprendizaje y a su vocación de servicio la llevaron a vivir una experiencia única. Y, además, a ser un modelo digno de imitar.

A pesar del éxito alcanzado, Lupita quiere más. “Me gustaría formar parte del consejo directivo de Walmart”, dice sin pena. Mientras, enfoca sus energías en “ayudar a muchos hombres y mujeres jóvenes para que aprendan a desenvolverse en un mundo corporativo e inspirarse a ser mejores personas con mi historia”. Ese, sin duda, será su legado.

Vía: Mercadeo Global

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