Todo el mundo ha tenido esta sensación cuando tiene que hacer algún cambio en una gran superficie por vez primera. Uno va, confiado, a la caja a decirles que quiere cambiar un producto o va al lineal concreto donde lo venden, cuenta su problema (posiblemente después de esperar a que atendiesen a un par de consumidores que habían llegado antes), el dependiente lo escucha (aunque algo en el lenguaje corporal nos dice que no nos va a solucionar nuestro problema) y tras oír todas las cuestiones nos remite a ese cajón de sastre llamado atención al cliente. Uno tiene que salir, luego posiblemente volver a entrar para coger el producto por el que se quiere cambiar, hacer unas cuantas colas y perder media tarde antes de lograr solucionar lo que toca: uno siente que ha perdido el tiempo.